INTRODUCCIÓN A “MEIGAS: LAS BRUJAS SABIAS”, DE MANUEL CARBALLAL
Soy gallego. Como diría mi paisano, Mariano Rajoy, “muy gallego y mucho gallego”. Presumo de un linaje con más de ocho apellidos gallegos, que no vascos, tanto por vía materna (de Mogor), como paterna (de Marín). Así que, con un apellido que en castellano significa “bosque de robles”, no puedo negar mis raíces. Ni quiero.
Fui un niño terriblemente revoltoso. Un auténtico “demonio”. A mi lado Zipi y Zape o Daniel el Travieso, eran aburridos monaguillos. Lo que explica que siga siendo un adulto irreverente. Quizás por eso, y por todas las trastadas que hacía de “rapaz”, con la mejor intención, cada vez que me dislocaba un hueso, sufría un traumatismo o me partía la cabeza, mis abuelos no me llevaban al médico… sino “al barbero”. Un menciñeiro que tenía su “barbería-consulta” en el cruce de la Av. de los Mallos con la calle Diego Delicado, en A Coruña, y que recuerdo que manipulaba mis huesos, músculos y extremidades con la habilidad de un cirujano, pero sin más titulación académica que la que le habilitaba para cortarme el pelo. O quizás ni eso. Y aunque ese tipo de personajes, dotados de una capacidad extraordinaria para obrar aparentes milagros, siempre han estado presentes en la cultura gallega, yo invertí años y años, de mi vida, y una auténtica fortuna, en buscarlos en otros lugares.
Como tantos paisanos, y a pesar de mi casa siempre ha estado en Galicia, emigré -en esto del misterio-, buscando en lejanos, exóticos y remotos países en cuatro continentes respuestas a mis preguntas existenciales. Cuando siempre estuvieron aquí.
El mismo sincretismo que pude ver en los altares de santería, en Venezuela, los de vudú en Haití, o de macumba en Brasil, lo encontré en los de muchas meigas. El mismo estilismo que encontré los zambetos africanos, o los iremes abakua cubanos, ya estaba en los carapuchos gallegos. Los mismos objetos de poder que vi usar a los chamanes siberianos o americanos, son utilizados por las brujas de Galicia, quizás incluso desde mucho antes…
Arrinconados por la geografía, y por la historia, los gallegos hemos aprendido a ir a lo nuestro. Discretamente. Sin hacer mucho ruido. O al menos intentándolo. Pero por alguna razón (dice el mito), a uno de los apóstoles más cercanos a Jesucristo, Santiago de Zebedeo, se le antojó ser enterrado en Galicia, convirtiendo Santiago de Compostela en la tercera ciudad santa del cristianismo, al nivel de Roma y Jerusalén. Y estableciendo el fin del mundo, en la costa gallega.
Y así, desde el siglo IX, millones de peregrinos recorrieron toda Europa con destino a Compostela -y a Finisterre- depositando en nuestro pensamiento mágico ideas, tradiciones y creencias llegadas desde todos los rincones del planeta. Y exportando a sus países de regreso, mitos, ritos y leyendas, genuinamente gallegas. Quizás ahí se encuentre la explicación a qué en mis viajes a Haití, India, Malawi, o cualquier otro rincón del planeta, me haya encontrado tradiciones y creencias, sospechosamente familiares para un gallego. ¿Cómo llegaron allí?
Los gallegos también inventamos, en el siglo IV, los viajes de aventura y las peregrinaciones. No es broma.
Muchas centurias antes de que los machotes Marco Polo, Ali Bey o Ibn Batuta pasasen a la historia como los grandes viajeros, una gallega del Bierzo, de nombre Egeria, ya les llevaba miles de kilómetros de ventaja. Porque entre el año 381 y 384, mujer tenía que ser, la intrépida Egeria publicó la maravillosa obra: “Itinerarium ad Loca Sancta”, en la que resumía sus increíbles viajes por la Galia, Italia, Egipto, Palestina, Siria, Mesopotamia, Asia Menor y Constantinopla. Así que eso de que ya había un gallego en la Luna cuando alunizó el Apolo XI, quizás debería ser objeto de revisión…
A la vista de estos hechos, que otro supuesto gallego ilustre -de Poio (Pontevedra) por más señas-, hubiese “descubierto” América -como defienden muchos paisanos- ya no parece tan rocambolesco…
Lo mismo ocurre a la inversa, con los peregrinos a Galicia que hicieron el viaje inverso.
Cierto es que, en muchas ocasiones, los visitantes quedaron tan enamorados de esta tierra -tan fértil en sus frutos como en su pensamiento mágico-, que decidieron quedarse. Añadiendo al paisaje mágico rural, nuevos elementos llegados desde lugares y creencias lejanas. Como las exóticas esculturas que dejaron en Carnota los holandeses Harry y María Evelyn -tras caminar más de 2.700 km hasta Compostela-; o los monumentos psicodélicos del recordado anacoreta alemán Manfred Gnädinger en a Costa da Morte, que literalmente murió de pena cuando el chapapote del Prestige devoró su obra sin piedad, a orillas de su amado Atlántico.[1]
Esas dos ideas: elementos del pensamiento mágico que llegaron a Galicia para quedarse, y tradiciones gallegas que exportamos a todos los rincones del mundo, serán importantes para entender porque hoy creemos lo que creemos de las meigas y su mágico mundo.
Misterios made in Galicia
La Gallaecia de los suevos fue históricamente el primer reino de lo que hoy llamamos España. Cinco siglos antes de que Alfonso III delimitase un trono en el noroeste para su hijo Ordoño II, Galicia ya había sido reino. Lo lamento por mis amigos catalanes, pero en eso también fuimos los primeros.
Hoy los nacionalistas gallegos intentan recuperar ese legado histórico para reivindicar la identidad de Galicia como país independiente. Y pienso que, si en algo tienen razón, es en que, como cantaron Os Resentidos de Antón Reixa, Galicia siempre fue un sitio distinto. Con una identidad propia muy definida. También en su pensamiento mágico.
¿En que otro lugar del mundo podemos encontrar a una “cartuxeira” que compatibiliza su consulta de Tarot, con su puesto como jueza titular, antes del Juzgado de Vigilancia Penitenciaria nº 3 de Lugo, y ahora del Juzgado de Violencia sobre la Mujer nº 1 de A Coruña? Ay, que diferente habría sido la historia de las meigas gallegas, si hubiesen sido juezas como María Jesús García Pérez, mujer absolutamente libre, audaz, empoderada y profunda conocedora del esoterismo, las que hubiesen sentenciado sobre sus causas… [2]
No es por casualidad que cosas así solo ocurran en Galicia.
De la misma forma en que el placton, las corrientes submarinas, en la confluencia del Atlántico y el Cantábrico, etc., dotan a la fauna marina gallega de esa exclusividad que convierte el pulpo a feira, los percebes o el marisco gallego, en manjares únicos en el mundo; o de la misma manera en que el cielo siempre gris, la humedad y la tierra de Galicia facilitaron a curanderas, menciñeiras y “brujas” gallegas plantas, raíces y frutos exclusivos para sus pócimas y ungüentos sanadores; el pensamiento mágico gallego es único. Y solo a través de él y de sus particularidades, es posible comprender mitos (y realidades) tan autóctonos como la Santa Compaña o las meigas.
No, no es casualidad.
Curanderos, menciñeiros, saludadores, compoñedores, parteiras, pastequeiros, boas mulleres,sabias, meigas, nubeiros, cartuxeiras, corpos abertos, arresponsadores, ensalmadores, rosareiras… La riqueza del paisanaje mágico gallego es tan abrumadora como sus paisajes, su gastronomía o su historia. Tanto como su bestiario de criaturas sobrenaturales: lobisomes, difuntos, compañas, vírgenes, mouras, etc. Mucho antes de que la Marvel convirtiese en héroes universales a personajes como Thor, Lobezno o el Dr. Extraño, los gallegos ya estaban familiarizados con otros personajes con poderes sobrenaturales, que en 2017 las empresas Ab Origine y Rei Zentolo materializaron en una serie de comics y merchandising…
Tronante, Loberno, Negrumante o Nubeira: los superhéroes gallegos, estaban inspirados en “en el mundo de la mitología gallega con la intención de transmitirnos el valor de este legado cultural y de ayudar a la valoración de nuestro patrimonio como pueblo”.
Parece una broma, y lo es, pero en realidad ilustra de forma llamativa una realidad objetiva: nuestros mitos y tradiciones se han extendido por todo el mundo. Y no es el único ejemplo.
Probablemente le inmensa mayoría de los cinéfilos fans de “Walking Dead” o del “Thriller” de Michael Jackson ignoran que, a los zombis, los del cine no los del mundo real que yo pude investigar en mis viajes a Haití, también son un invento “made in Galicia”.
También parece una broma, pero el hecho es que toda la imaginaría cinematográfica sobre los zombis está originada en el clásico, de 1968 “La noche de los muertos vivientes”. Película dirigida por el hijo de inmigrante coruñés George A. Romero, y financiada por sus tías Purificación y Nena Romero, también de A Coruña que, como todo el ambiente familiar de George, le inculcaron desde niño el imaginario mágico gallego, especialmente el mito de la peregrinación de los muertos: la Santa Compaña. Y como reconoció el mismo Romero: “Esas leyendas están en mi subconsciente, no puedo negarlo”. Así que, aunque lo parezca, no es ningún disparate la conclusión categórica de Iván Fernández: “Así fue como el folclore del vudú haitiano, las leyendas gallegas y una inyección de dinero de dos señoras de la Plaza de Ourense de A Coruña se mezclaron para conformar uno de los iconos del terror más reconocidos del Siglo XX y XXI, los zombis”. [3]
Ante este precedente histórico, el hecho de que el mejor director de cine de la actualidad, Rodrigo Cortés, con el que he tenido la oportunidad de trabajar y de cuya amistad presumo, sea orensano, tampoco debería extrañar a nadie.[4]
Por todo esto, tampoco es raro que Galicia haya parido personajes tan influyentes en la historia del misterio como Gerard Encausse, alias Papus, uno de los autores más relevantes en el ocultismo internacional. U Oscar Rey Brea, el veterano condecorado de la División Azul en la Segunda Guerra Mundial -y radiosondista en el Observatorio Meteorológico de A Coruña- que descubrió el fenómeno de los Platillos Volantes, dos años antes de que Kenneth Arnold le pusiese nombre.
Quizás esto explique que el primer “monumento al OVNI” que se construyó en España -y quizás en Europa- se creó en Vigo.[5]
O que la mayor oleada de avistamientos OVNI -quizás el último peldaño evolutivo del pensamiento mágico occidental-, se vivió en Galicia.[6]
O que el primer platillo volante español de verdad, no solo una patente murciana, se esté fabricando artesanalmente en una aldea remota de a Ribeira Sacra, a manos de un Nikola Tesla gallego octogenario, veterano técnico de RTVE y de la Legión Extranjera, de nombre Lucio Ballesteros.[7]
No, no es casualidad.
Como que muchos de los autores más conocidos de la bibliografía actual sobre anomalías, sean gallegos: Salvador Freixedo, Miguel Pedrero, Bruno Cardeñosa, José Antonio Silva, José Lesta o Carlos Gabriel Fernández (que, aunque nacido en la quinta provincia, es más gallego que el lacón con grelos).
Todos ellos han aportado nuevas ideas y obras imprescindibles, que intentan ofrecer una nueva mirada a los trabajos, más académicos, de otros gallegos que exploraron el pensamiento mágico antes que nosotros.
Buceando en los archivos históricos, o pateando las corredoiras y los bosques de Galicia, recopilaron el patrimonio inmaterial depositado en la memoria de nuestros mayores. Como José María Castroviejo, Xesús Taboada Chivite, Carmelo Lisón Tolosana, Francisco de Ramón y Ballesteros, Vicente Risco, Antonio Fraguas, Jesús Rodríguez López, etc.
Investigadores tan antagónicos en sus ideologías, como el carnicero falangista Victor Lis Quebén, o el rebelde republicano Bernardo Barreiro de Vázquez Varela, que sin embargo compartieron una pasión por la historia mágica de Galicia y nos legaron trabajos imprescindibles.
Hoy, una nueva generación de académicos, como Ángel Acuña, Emilio Blanco, Mariño-Ferro, Marcial Gondar, Elisardo Becoña, Mar Llinares, María Moure, o mi amigo Rafael Quintía, siguen sus pasos -literalmente- dejándose las suelas por los montes, bosques y playas de Galicia, intentando recoger los últimos recuerdos de nuestros mayores, antes de que desaparezcan del todo. Pero no siempre lo consiguen.
Como dice Quintía en una de sus obras: “Cuando recorres los caminos, muchas veces, cada vez más, encuentras que una pregunta a la respuesta que haces puede responderla una mujer, que justo murió hace poco… “.[8]
Los antropólogos en Galicia son como los artificieros del TEDAX… trabajan contra reloj.
Las tradiciones antiguas reposan agazapadas en la memoria de los ancianos. Pero en 2020 y 2021, cientos de esos archivos vivientes -quizás más de un millar- fallecieron en las residencias gallegas por el COVID-19. Y nuestros TEDAX de la memoria ya nunca tendrán acceso a sus recuerdos.
Y en mi amada Galicia, de color verde prado, azul mar y gris cielo (esos deberían ser los colores de nuestra bandera), cada vez quedan menos ancianos dispuestos a compartir con los investigadores, su memoria.
Una vez, Florinda Rodríguez, la meiga más conocida como “la sabia de Goiás”, me dijo que la tradición, que ella aprendió de su madre, moriría con ella, porque sus hijas y nietas estaban más preocupadas por la Internet y las redes sociales, que por aprender los secretos de las plantas medicinales. Y tenía más razón que una santa… Comba. Uno de los dos personajes del santoral católico, Santa Comba, que fue meiga antes que santa, todavía hoy muy venerada en Galicia.
Este es un problema con el que nos encontramos todos los investigadores: se nos acaba el tiempo. La sabia de Goiás falleció el 26 de enero de 2017, y aunque su libro “secreto” hoy se conserva en un museo de Lalín, y una herboristería lleva su nombre en Pontevedra, su linaje meigo murió con ella…
Manuel Carballal
Sigue en “Meigas: las brujas sabias” (El Ojo Crítico, 2021)
[1] Carmen Hermo dedicó un maravilloso libro de ilustraciones a la memoria de Man el alemán, como le conocían sus vecinos en Camelle, titulado “Man de Camelle”. Editorial Kalandraka, 2018.
[2] En 2018 la jueza María Jesús García Pérez saltó a las cabeceras de todos los medios nacionales al ser expedientada por compatibilizar su consulta de tarot con su trabajo como jueza de Vigilancia Penitenciaria. Durante meses fue investigada, no solo por la Comisión Parlamentaria del Consejo Superior del Poder Judicial, sino por todos los medios de comunicación, que radiografiaron hasta el menor detalle de su atípica biografía, demostrando que María Jesús siempre ha hecho lo que le ha dado la gana. En agosto de 2019 el diario El Mundo filtró el video en el que se presentaba al programa Firts Dates para buscar el amor, en un “hombre joven que comparta mi amor por los animales y el esoterismo”. Pero no fue necesario. El amor la esperaba en casa. En abril de 2021 contrajo matrimonio con Francisco, el asistente que llevaba las labores de su hogar desde hacía diez años. Hoy es ella la que juzga a los hombres -como antes eran hombres los que juzgaban a las brujas- en el Juzgado de Violencia sobe la Mujer nº 1 de A Coruña.
[3] Fernández Amil, Iván. “El origen gallego de los zombis modernos: la Santa Compaña”. Quincemil, 16 de noviembre de 2019.
[4] Como detallo en mi libro “La vida secreta de Carlos Castaneda: antropólogo, brujo, espía, profeta” (El Ojo Crítico, 2018), Rodrigo Cortés me contrató como ilusionista, para enseñar a Cillian Murphy y a Robert de Niro los efectos de prestidigitación que se ven en su película “Luces Rojas”. Un film dedicado íntegramente al mundo de los fenómenos paranormales, y a sus luces y sombras.
[5] En marzo de 1970, el famoso peluquero vigués Juan Bautista Minguela Domingo -entre otras cosas fue el peluquero del Rey don Juan Carlos I durante su estancia en la Escuela Naval de Marín- se hizo aún más famoso al protagonizar un encuentro cercano con un OVNI en su casa de Viladesuso, que dejó unas extrañas huellas sobre las rocas. Mingela, según nos contó a Carlos G. Fernández y a mi cuando pudimos encuestarle décadas después- se escondió en el armario con su escopeta de caza y sus perros, aterrado por aquel objeto. Sin embargo, terminó construyendo un bizarro monumento, en homenaje a aquella insólita experiencia, en el lugar del avistamiento. Tras su fallecimiento, el 1 de enero de 2007, la llamada “casa del OVNI” quedó abandonada, hasta que en 2020 un matrimonio ourensano la compró y la restauró. Pero de su histórico monumento al OVNI ya solo quedan las fotos que aún pudimos tomar Carlos Fernández y yo, y algún documento periodístico de la época.
[6] Pedrero, Miguel; Lesta, Jose; Gallego, Ana; Navarro, Alex y Carballal, Manuel. “La oleada OVNI en Galicia”. El Ojo Crítico, nº 19.
[7] Carballal, Manuel. “El Nikola Tesla español”. El Ojo Crítico, nº 88.
[8] Quintía, Rafael. “Heichas contar”. Ab Origene, 2019. (Pág.12)












