Published On: Sab, feb 15th, 2020

MISTERIOS: ¿PARANORMAL, ANOMALÍA O MILAGRO?: UNA PROPUESTA DESDE LA FILOSOFIA

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EOC 89-90 portada Muy ProntobPublicado en EOC nº 89/90

En el mundo del misterio, es común que se empleen indistintamente las expresiones como “fenómenos paranormales” o “anomalías”; las que a su vez se conciben, más o menos, como el equivalente moderno de lo que en otro tiempo y contexto cultural fueron llamados “milagros”. Filosóficamente, sin embargo, existen diferencias conceptuales importantes implicadas en estas expresiones, por lo que conviene explicitar sus matices exactos y conservar su distinción conceptual, a los fines de depurar la materia de posibles confusiones y propiciar una mayor exactitud en el discurso sobre los temas del misterio.

ANOMALÍAS

Una anomalía puede definirse como todo hecho que, en caso de existir, es problemático desde el punto de vista de los recursos explicativos del paradigma dominante en el ámbito al que se aplica. Una anomalía podrá ser periférica, si ella afecta a los aspectos no esenciales del paradigma en cuestión; o central, si ella afecta al fundamento mismo del paradigma de que se trate. En el primer caso, la anomalía obligaría a una revisión mayor o menor –posiblemente a una ampliación mediante hipótesis auxiliares– del paradigma dominante; mientras que en el segundo caso, la anomalía forzaría eventualmente la sustitución del paradigma dominante por otro nuevo que pueda explicar tanto los hechos que explicaba el anterior paradigma dominante como también la anomalía central que provocó la sustitución.

Esta definición de anomalía nos parece mucho más exacta que la sugerida por la expresión imprecisa de “fenómenos paranormales”. Esta última noción sugiere un fenómeno inusual, esto es, que desborda aquello que se considera como regla general, como normal y que es, en consecuencia, excepcional. Pero lo excepcional o inusual de un fenómeno no implica su carácter anómalo en el sentido técnico antes indicado. Pues si bien toda anomalía es inusual –en relación con algún paradigma dominante–, no todo evento inusual o excepcional en términos de su frecuencia es problemático desde el punto de vista de los recursos explicativos del paradigma dominante correspondiente. Basta considerar fenómenos inusuales o infrecuentes como los rayos en bola, que muchísima gente jamás ha visto –y que probablemente se considerarían como un fenómeno paranormal por algunos observadores–, pero que se explican perfectamente dentro de los paradigmas científicos actuales.filoso

Las anomalías, concebidas como objeto de estudio de la investigación del misterio, es un concepto exacto, técnico, distinto de cualquier otro concepto asociado o relacionado que aplique a temas que habitualmente se vinculan al misterio. En efecto, es cierto que algunos estudiosos o seguidores del misterio tienen una curiosa fascinación personal por todo lo “extraño”, lo “alternativo”, lo “no convencional” o lo inusual en general y que algunos de los

temas alternativos que le interesan puede que no encajen en el concepto técnico de anomalía que hemos propuesto. Pero este hecho, por sí mismo, no impugna la pertinencia o corrección del concepto técnico de anomalía que hemos planteado, pues los gustos y preferencias personales de los seguidores del misterios no tienen importancia metodológica ni epistemológica, aunque sí podrían tenerlo desde un enfoque psicológico o sociológico sobre el mundillo del misterio. Esos gustos y preferencias nos proporcionan más información sobre la psicología personal y la biografía del estudioso o seguidor del misterio –e inclusive, sobre la comunidad del misterio considerada sociológicamente como subcultura– que sobre la naturaleza misma de la investigación del misterio, que es nuestro principal interés.Finalmente, debemos recalcar la siguiente consideración: El que una anomalía sea objeto de estudio por parte de la investigación del misterio no excluye que también pueda ser objeto de estudio, con distintos enfoques, por otras ciencias o disciplinas distintas a la investigación del misterio. Por ejemplo, los ovnis son objeto de estudio de la ufología, que sin duda pertenece a la investigación del misterio. Pero eso no excluye que los ovnis puedan ser también analizados, bajo distintas perspectivas, por ciencias y disciplinas ortodoxas como la psicología, la sociología, la antropología, la historiografía o la filosofía.

MILAGROS

Según la definición técnica de anomalía que hemos propuesto, es evidente que una anomalía constituye una categoría esencialmente epistemológica. Su estatus deriva únicamente de su relación lógica con algún paradigma dominante, al cual revela como insuficiente o problemático en términos de sus recursos explicativos. Prueba de esto es que un mismo hecho puede ser una anomalía respecto de un paradigma, pero no respecto de otro. El concepto de anomalía tiene, por lo tanto, un carácter esencialmente relacional. Por consiguiente, fuera de esta relación, pensamos que la noción de anomalía no tiene significado epistemológico alguno que sea útil a la investigación del misterio. En este sentido, el concepto de anomalía es neutral en relación con el posible origen o causa del fenómeno anómalo en cuestión, o con la naturaleza intrínseca del fenómeno mismo, o con cuestiones metafísicas particulares1.filo milagro

Los milagros, en cambio, pertenecen a una categoría metafísica, no epistemológica. Podemos definir un milagro como un fenómeno naturalmente imposible que es directamente producido por un agente inteligente sobrenatural. Este concepto de milagro implica, como consecuencia, dos condiciones necesarias de carácter metafísico que no se exigen de las anomalías en general. En primer lugar, el milagro tiene que tratarse de un fenómeno naturalmente imposible, esto es, un evento cuya producción no sea posible según la propiedades y poderes de los objetos naturales. En segundo lugar, el milagro tiene

que ser producido por un agente inteligente sobrenatural, esto es, una entidad inteligente distinta del universo físico y que tenga poder causal sobre él. Nótese que la primera condición sugiere la segunda, pues si un evento es naturalmente imposible, entonces tiene que haber sido producido por algo distinto de la naturaleza. Estas condiciones exigidas a un milagro no se requieren para las anomalías, lo cuál implica que se tratan de nociones diferenciadas, que denotan fenómenos distintos y esto justifica su nítida separación y distinción conceptual.

En cuanto a la primera condición, debemos cuidarnos de no pensar que ella equivale a concebir un milagro como “una violación de las leyes naturales”. Aunque es harto extendido la idea de que los milagros son violaciones de las leyes naturales, las más recientes investigaciones en filosofía de la ciencia sobre la naturaleza de las leyes naturales ofrece elementos para poner en duda –y de hecho rechazar– esa concepción. En efecto, la filosofía de la ciencia de las últimas décadas ha puesto de manifiesto que toda formulación de una ley natural presupone implícitamente la condición de que no existen factores interferentes en la aplicabilidad de la ley. Por ejemplo, la ley de conservación de la energía –que afirma que la cantidad total de energía de cualquier sistema físico aislado es invariable y se conserva, por lo que no se crea ni se destruye sino que sólo puede transformarse–, presupone que su aplicación depende de la existencia de un sistema físico aislado, esto es, que no intercambia energía con ningún otro sistema externo. Si el sistema físico no es aislado, es decir, si efectivamente está intercambiando energía con el exterior, entonces la cantidad total de energía en el sistema no se conserva ni permanece invariable, sino que aumenta o disminuye como consecuencia de ese intercambio de energía. Pero nadie pensaría que la ley de conservación de la energía se estaría violando en este caso. Más bien, esta ley simplemente no aplicaría a dicho sistema porque no sería un sistema aislado y no se cumpliría, por tanto, la condición implícita que hace pertinente su aplicación.

Desde este óptica, es muy dudoso que, en el caso de ocurrir algún milagro, este constituiría una violación de las leyes naturales. Pues en este caso, el milagro, por definición, se trataría de un evento causado directamente por una causa sobrenatural que actúa “desde fuera” de la naturaleza pero inmediatamente “sobre” ella, con total independencia de los poderes inherentes de los objetos naturales. Estos poderes naturales son, en consecuencia, del todo irrelevantes en relación con el origen, producción y explicación del hecho milagroso. Y si son irrelevantes, no pueden considerarse “violados” por el evento milagroso. Estos poderes naturales simplemente no tuvieron nada que ver con el evento milagroso en cuestión.

Si bien el evento milagroso es física o naturalmente imposible, es decir, imposible de que ocurra si la única fuerza causal operativa fuese la naturaleza, esto no implica lógicamente que el evento también sea imposible para una causa que trascienda a la naturaleza y que opere sobre ella pero con independencia de ella, no estando, en consecuencia, limitada por las capacidades o poderes inherentes que existen en la naturaleza. Esta es la razón por la cual nadie considera un milagro, por ejemplo, el que existan mujeres vírgenes que hayan quedado embarazadas y dado a luz después de aplicárseles el procedimiento de la inseminación artificial. Pensar que esto viola la ley general que dice que “las vírgenes no quedan embarazadas”, sería muy superficial. Pues la generalización aplica bajo la condición implícita de que no hay ningún factor externo que cause directamente la fertilización con independencia del coito –que no es el caso de la inseminación artificial. La ley en cuestión siguen siendo verdadera bajo el supuesto de que se cumpla la condición implícita que hace pertinente su aplicación.

La idea, sumamente extendida, de que los milagros son violaciones de leyes naturales proviene, históricamente, de la idea de que Dios ejerció su poder legislativo sobre la naturaleza mediante “decretos” que tenían la forma jurídica de prescripciones. En este modelo jurídico, la ley tiene siempre, necesariamente, un carácter normativo, esto es, imperativo y por lo tanto prescriptivo, lo cual sólo tiene sentido presuponiendo una autoridad competente para legislar y unos destinatarios sometidos a esa autoridad. Dichas prescripciones u órdenes pueden ser, al menos en principio, violadas o incumplidas por los destinatarios de tal legislación (como ocurre cuando alguien viola o incumple la legislación fiscal de un país, por ejemplo). Las leyes naturales, entendidas bajo este modelo jurídico, serían por tanto prescripciones normativas de conducta o acciones impuestas por Dios a su creación.

Este concepto jurídico-legislativo de ley natural es, en efecto, la concepción más ingenua y primitiva que existe sobre las leyes naturales, a pesar de ser la más extendida incluso entre los intelectuales de orientación secular y científica. Cuando un crítico secular de la religión rechaza los milagros como imposibles por constituir “violaciones de leyes naturales” está presuponiendo, implícita e inconscientemente, una concepción teísta-legislativa muy primitiva y rudimentaria de las leyes de la naturaleza.

En realidad, como ha sido clarificado por la filosofía de la ciencia contemporánea, las leyes naturales no deberían entenderse en el sentido normativo ni prescriptivo. Porque ellas no prescriben nada en el sentido de dar alguna orden. No establecen un “deber ser”, sino que constatan un “es”. En rigor, se tratan de descripciones de los patrones regulares de la naturaleza. Como tales, las leyes naturales no causan ni pueden producir ellas mismas absolutamente nada. Por lo tanto, no pueden “regir” ni “regular” ni “legislar” ni “ordenar” ni “mandar” ni “imponer” nada. Y, en consecuencia, no pueden ser “incumplidas” ni “desobedecidas” ni “violadas” –nociones éstas que, como hemos visto, son eminentemente jurídicas y sólo tienen sentido presuponiendo alguna autoridad legislativa y unos destinatarios sometidos a esa autoridad.

Las leyes naturales son meras proposiciones descriptivas formuladas –en las ciencias más avanzadas– en lenguaje matemático. Lo único que tiene poder causal en la naturaleza son los objetos y/o eventos naturales concretos. Pero estos no son proposiciones ni conceptos, sino entidades físicas reales. Las leyes naturales sólo codifican, en lenguaje humano, el patrón general de regularidad específico que exhiben las propiedades que manifiestan las entidades materiales en sí mismas –y en sus interrelaciones– en el mundo natural. La ley natural expresada en la fórmula E=mc2 (la energía de un cuerpo en reposo es igual a su masa multiplicada por la velocidad de la luz al cuadrado), no causa ella misma la equivalencia de la masa y la energía, sino que codifica en lenguaje matemático el descubrimiento científico de que la masa y la energía tienen la propiedad de ser equivalentes.

Las consideraciones anteriores muestran, como corolario, que la ciencia en cuanto tal no puede afirmar ni negar la posibilidad de los milagros. Pues su ámbito se circunscribe estrictamente al mundo natural. De lo sobrenatural, la ciencia no sabe ni puede saber absolutamente nada. Porque de existir lo sobrenatural, se trataría de un dominio metafísicamente distinto del mundo natural que investiga la ciencia. En consecuencia, la ciencia es impotente para pronunciarse sobre la posibilidad de que algo sobrenatural exista o que actúe en el mundo físico en algún caso específico y que con ello impida el cumplimiento de las condiciones implícitas que hacen pertinente la aplicación de una ley natural a un caso concreto.filosofia

Como máximo, lo que un científico en cuanto tal –no en cuanto a pensador que tiene, como cualquier otro, derecho a expresar sus opiniones extra-científicas sobre cuestiones metafísicas– podrá afirmar es que, como científico, él no puede invocar causas sobrenaturales para explicar algún fenómeno observado; o que nunca ha observado un hecho de origen sobrenatural; o que por razones metodológicas él debe asumir en la práctica que ningún ente sobrenatural interfiere con los resultados de sus experimentos; o que nunca ha encontrado evidencia de una causa sobrenatural; o que no necesita postular lo sobrenatural para explicar sus observaciones científicas. Pero todas estas afirmaciones son lógicamente compatibles tanto con la existencia como con la inexistencia de lo sobrenatural y –en el supuesto hipotético de que existen tales entidades sobrenaturales– con la acción ocasional de algunas de ellas que interfiera con lo que, en otro caso, sería el funcionamiento habitual del mundo físico, esto es, el funcionamiento de las entidades naturales que operarían únicamente en virtud de sus poderes intrínsecos.

Lo anterior no significa que la ciencia sea irrelevante para refutar afirmaciones sobre supuestos eventos sobrenaturales. En efecto, la ciencia puede revelar que un fenómeno específico cualquiera tiene una causa natural conocida y demostrable. En este caso, las afirmaciones sobre el origen sobrenatural de un fenómeno concreto serían refutadas científicamente. Y es que parte esencial de la ciencia es, precisamente, refutar las falsas explicaciones –sobrenaturales o no– de los fenómenos naturales. Pero refutar afirmaciones falsas sobre el origen pretendidamente sobrenatural de algún fenómeno natural no implica, desde el punto de vista lógico, haber demostrado científicamente que lo sobrenatural en general no existe o que es imposible. Esto último sería una afirmación metafísica, no científica –así se haga en el nombre de la ciencia. De todo esto se deduce que la ciencia es neutral con respecto a la posibilidad de la existencia de lo sobrenatural y, por implicación, de los milagros.

En cuanto a la segunda condición exigida de un milagro –que provenga de una agente inteligente sobrenatural, es decir, de una causa inteligente distinta a la naturaleza–, su carácter metafísico es evidente. Puesto que quien afirme un milagro está presuponiendo la falsedad del materialismo metafísico –la tesis filosófica de que lo único que existe es el universo material–. Y por paridad de razonamiento, quien afirme que los milagros son imposibles, está presuponiendo la verdad del materialismo, puesto que asume que no existe nada que sea distinto de la naturaleza y que pueda actuar causalmente sobre ella.

Estas consideraciones trasladan el debate sobre los milagros del plano meramente epistemológico al plano metafísico, y los argumentos que se esgriman a favor y en contra del supuesto milagro tienen que basarse no sólo en la evidencia empírica del supuesto milagro, sino además, en último término, en consideraciones sobre la naturaleza total de la realidad. En este punto serían relevantes, por ejemplo, los argumentos científico-filosóficos a favor y en contra de la existencia de Dios –o de cualquier otra realidad sobrenatural–; lo que no ocurre en el caso del debate sobre las anomalías propiamente dichas. Esto no significa, por supuesto, que no existan aspectos epistemológicos directamente conectados con la naturaleza de los milagros ni que la investigación del misterio sea irrelevante para esa cuestión.

MISTERIOSfilo ovni

Las consideraciones anteriores plantean las siguientes interrogantes: ¿Deberían los milagros ser también objeto de estudio por parte de los investigadores del misterio? ¿O debe centrarse la investigación del misterio únicamente en las anomalías propiamente dichas? Muchos investigadores del misterio dirían que el concepto de misterio es muchísimo más amplio que el de anomalía. En consecuencia, para ellos, tanto los milagros como las anomalías pertenecerían, al menos en principio, a la investigación del misterio. Las apariciones marianas, por ejemplo, son estudiadas por algunos investigadores del misterio. Pero este fenómeno es también considerado como ejemplo paradigmático de un milagro en la tradición católica.

Para acomodar esta posible inquietud del investigador del misterio, debemos precisar mejor el concepto de misterio. Al haber definido previamente lo que es una anomalía y lo que es un milagro, estamos ahora posición ventajosa para ensayar una definición general de misterio que pueda ser útil al investigador. Un misterio –en el sentido relevante a la investigación del misterio– podría definirse como todo hecho, evento o fenómeno que, en caso de existir, se trataría o bien de una anomalía o bien de un milagro. El misterio, así definido, no es propiamente una categoría metafísica ni epistemológica, sino únicamente metodológica, pues ella simplemente especifica y delimita el objeto de estudio de la investigación del misterio. Pero esta definición expresamente señala que los milagros –o las afirmaciones o indicios de algún supuesto milagro– caen dentro del objeto de estudio propio de la investigación

del misterio. En este punto, debemos cuidarnos de un error potencial. Afirmar, metodológicamente, que la investigación del misterio debe incluir el estudio de los milagros no implica asumir, metafísicamente, que los milagros realmente existan. La investigación del misterio, si pretende ser científica, debe ser neutral o imparcial con respecto a los milagros, aunque esté comprometida con la afirmación de que los milagros son, metodológicamente, parte de su objeto de estudio.

Si la investigación del misterio es científica entonces, como hemos visto, no puede excluir lo sobrenatural y, por lo tanto, tampoco puede descartar el carácter potencialmente milagroso de algún presunto misterio particular. Pero el que no excluya lo sobrenatural tampoco significa que afirme su existencia, puesto que esto es algo que la ciencia, como hemos visto, no puede hacer. En esto radica precisamente el carácter neutral e imparcial de la ciencia frente a lo sobrenatural. Pero de esta neutralidad no se sigue que el milagro, entendido puramente en forma metodológica como misterio, no pueda ser objeto de una investigación científica o racional, al menos en lo que se refiere a la constatación fáctica de la ocurrencia de ese fenómeno en el mundo.

Si la investigación del misterio certifica la existencia de un fenómeno que, al examinarlo a fondo, se revela convincentemente como físicamente imposible –según todo el conocimiento científico disponible– y que además exhibe indicios claros de un origen inteligente que apunte a una agencia sobrenatural2, entonces el investigador queda en libertad para inferir –no ya como científico pero sí como pensador racional que busca la verdad y que se plantea las implicaciones filosóficas de su investigación– que el fenómeno puede tener un origen sobrenatural y, por lo tanto, concluir provisionalmente que puede tener en sus manos un milagro auténtico. Esta conclusión, aunque no es estrictamente científica, no es por ello menos racional3. De hecho, lo irracional sería tener un milagro auténtico entre manos y, por un prejuicio filosófico, ideológico o cultural, no reconocerlo ni aceptarlo como tal. En este caso, la investigación del misterio es científica en cuanto a la metodología empleada para la certificación y constatación del milagro en tanto hecho fáctico y objetivo. Pero la comprensión e interpretación de ese misterio como un milagro sería una inferencia filosófica racional derivada del análisis de la evidencia. Esto significa que, en el caso de los milagros, la investigación del misterio es tanto científica como filosófica. No así en el caso de las anomalías propiamente dichas, en las que la investigación del misterio puede, al menos en principio, adoptar únicamente los recursos de la ciencia natural y social para la interpretación y explicación exhaustiva del fenómeno.

En conclusión: La presuposición metodológica –no metafísica– con la que está comprometido el investigador del misterio sobre los milagros es que, en relación a un misterio en particular que se esté investigando, este podría tener ese carácter milagroso, en el supuesto hipotético de que su origen fuese sobrenatural. Y como esto es algo que el investigador del misterio no puede saber de antemano ni descartar a priori –a menos no en cuanto pretende ser un investigador científico–, entonces es evidente que él podría –en caso de que el misterio en cuestión tenga efectivamente un origen sobrenatural– estar investigando un milagro aunque él no lo sepa o aunque por error crea estar en presencia de una mera anomalía científica o aunque tenga una cosmovisión personal que lo lleve al convencimiento de que los milagros son inexistentes. Metodológicamente, para la investigación del misterio, lo que existen, en definitiva, son misterios reales o aparentes –que, en caso de ser auténticos, podrían ser anomalías o milagros– y estos misterios constituyen el objeto de estudio propio de esta disciplina.

Agustín Moreno

NOTAS

1. Esto no significa que la anomalía en cuestión, en caso de existir, sea metafísicamente neutral. No puede serlo porque, sencillamente, ningún fenómeno existente lo es. Todo fenómeno, hecho o evento real tiene, en última instancia, una conexión con la esencia última de la realidad y, por lo tanto, con la metafísica.

2. La cuestión de cómo distinguir un fenómeno artificial –o inteligente–  de uno puramente natural o mecánico es interesantísima y complicada, y lamentablemente no ha sido elaborada suficientemente en la filosofía de la ciencia. Sólo basta decir, por el momento, que muchas ciencias presuponen la capacidad de distinguir cuándo un fenómeno ha ocurrido espontáneamente en virtud de procesos naturales/mecánicos y cuándo ha sido producto de una inteligencia. Que es posible, al menos en principio, distinguir lo natural de lo artificial es evidente en algunas ciencias como la investigación policial y criminológica, la investigación sobre fraudes, la detección de plagios literarios, el proyecto SETI –que presupone la capacidad de distinguir cuándo una señal espacial tendría un origen extraterrestre inteligente y cuándo no–, entre otras.  Esperamos desarrollar este tema con más detalle en otro momento.

3. Una creencia extendida en ciertos ambientes cientificistas afirma que sólo lo que es científico es racional y, por lo tanto, si algo no es científico, tampoco puede ser racional. Pero esta creencia parece ser ella misma irracional. Pues la afirmación “Sólo lo que es científico es racional” no es una afirmación científica –no hay ninguna ciencia que afirme tal cosa–, sino que es filosófica: es una afirmación sobre la ciencia y la razón. Por lo tanto, la afirmación “Sólo lo que es científico es racional”, implica que ella misma, al no ser científica, tampoco es racional; y aceptarla, por consiguiente, sería irracional. La racionalidad es un presupuesto lógico y epistemológico de la ciencia; no un resultado ni descubrimiento que derive de la investigación científica.

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